Cuando alguien piensa en el flamenco de Granada, los nombres que salen enseguida suelen ser los mismos: los Habichuela, Mario Maya, Manolete. Y está bien, se los han ganado. Pero si subes al Sacromonte y te sientas a escuchar a la gente de aquí, antes o después alguien te habla de otras. Mujeres que llenaron cafés cantantes, bailaron ante reyes y cantaron en el cine, y de las que hoy casi nadie se acuerda.
En el Sacromonte, el flamenco se ha transmitido de padres a hijos, de abuelas a nietas, y cada cueva guarda un trozo de esa memoria. Por eso queremos dedicar este espacio a cinco artistas que merecen volver a sonar.
María «La Gazpacha», el duende con gracia

Nació en el Albaicín en 1902 y perteneció a la gran familia de los Amaya. Con veinte años ya estaba en el histórico Concurso de Cante Jondo de 1922, donde se hizo notar con sus bulerías y tarantas. Años después ganó un premio de saetas en la Exposición de Barcelona y llegó a compartir cartel con figuras como Pastora Imperio o Carmen Amaya.
Pero La Gazpacha no se recuerda solo por su cante. Se la recuerda por su humor, por esa chispa gitana con la que respondía a cualquiera, fuera vecino o personaje de la realeza.
Tocaba el pandero y las palmas como pocas y bailaba por bulerías con una naturalidad que no se enseña en ninguna academia. Siguió en la zambra hasta una edad muy avanzada, porque para ella cantar no era un trabajo, era vivir.
La Golondrina, la bailaora que dejó boquiabierta a La Argentina

María Gracía Cortés nació en el Sacromonte a mediados del siglo XIX y empezó a bailar en la Zambra del Cujón. Su arte cruzó fronteras y llegó a exposiciones internacionales en Londres y París.
Una de las historias más bonitas sobre ella cuenta que, durante los días del Concurso de 1922, bailó por soleá en una cueva ante un público de lujo. Entre los asistentes estaba La Argentina, una de las grandes bailarinas de la época, que quedó tan impresionada que dijo que le gustaría poder ofrecer al público lo mismo que había visto en aquella cueva.
Esa noche, en una cueva del Sacromonte, una gitana sin nombre de cartel dio una lección a las figuras del momento.
La segunda golondrina, su hija

La Segunda Golondrina, Carmen Amaya Cortes, heredó su nombre artístico directamente de su madre. Fue hija de María Gracia Cortés Campos, conocida artísticamente con el apodo de «La Golondrina».
Como muchas artistas de su época, su paso por los tablaos y escenarios ayudó a forjar la época dorada del baile, manteniendo viva la tradición y el compás. Su legado es un recordatorio de cómo el flamenco se nutre no solo de los grandes nombres que llenan enciclopedias, sino de aquellas bailaoras de raza que, con su arte irrepetible, dejaron una huella imborrable en la memoria y el sentimiento de quienes las vieron bailar.
Gracia del Sacromonte, la que se fue demasiado pronto

Gracia nació en el Albaicín en 1939 y con solo nueve años ya bailaba en la zambra de los Amaya.
Su talento la llevó lejos: recorrió Estados Unidos y Europa con la compañía de José Greco, y la prensa norteamericana la recibió con entusiasmo. También trabajó en el cine, con títulos como El rey de la carretera o El regreso de los Siete Magníficos, y actuó como primera figura en salas tan prestigiosas como el Corral de la Morería.
Bailaba, cantaba y recitaba, y además fascinaba a pintores y fotógrafos. En el Sacromonte aún se comenta su paso por una actuación en la cárcel de Granada, donde un poema sobre Lorca emocionó tanto a los presos que el ambiente se desbordó.
Falleció joven, en 1981, en su ciudad, que era donde quería estar. Su historia nos recuerda que el talento no siempre viene acompañado de fortuna.
La Chata de la Jampona, «La Cotorrera», casi un siglo de baile

Nació hacia 1850 y bailó prácticamente hasta el final de su vida, que llegó a los noventa años. Empezó en la Zambra del Cujón y después pasó a la de los Amaya. Actuó en Londres, en la Ópera de París y ante varios reyes. Los pintores de su tiempo, entre ellos Rodríguez Acosta y López Mezquita, la retrataron en sus lienzos.
Junto a La Golondrina, está considerada una de las grandes referencias del baile flamenco granadino de su época. Y eso, en un tiempo en que el baile se aprendía mirando, sin escuelas ni vídeos, solo con el ojo, el oído y el compás de la familia.
Conchita Peña «La Carajarapa», la cantaora de las zambras

Nació en el Albaicín en 1917 y cantó en varias zambras emblemáticas de Granada. Participó en películas como María de la O, grabó fandangos del Albaicín y en 1934 viajó con la compañía de Vicente Escudero por París, Biarritz y Nueva York. Más tarde compartió escenario con su hija, la bailaora Mariquilla, en los tablaos que regentaron juntas.
Su historia es la de tantas mujeres del Sacromonte: una vida entera dedicada al cante, sin buscar la fama, pero dejando una huella que se nota en quienes vinieron después.
Por qué importa recordarlas
Estas mujeres tienen algo en común: nacieron en barrios humildes, aprendieron en casa y llevaron el nombre de Granada a escenarios que hoy nos parecerían inalcanzables. Y aun así, durante décadas, su memoria ha ido quedando relegada a las conversaciones de vecinos.
Recordarlas no es solo hacer justicia. Es entender de dónde viene el flamenco que hoy puedes sentir a pocos metros, en una cueva encalada, con el taconeo retumbando en las paredes.
Vive ese legado en la Cueva Los Amayas
Aquí, en el Sacromonte, ese espíritu sigue vivo. Cuando entras en una cueva flamenca y el cante te llega sin micrófonos ni artificios, estás escuchando la misma tradición que cantaron La Gazpacha o La Carajarapa.
Si quieres vivirlo en persona, te invitamos a reservar tu plaza en Cueva Los Amayas y descubrir cómo suena Granada cuando se canta desde dentro.