Hay lugares que no se visitan, se viven. Se sube por la Cuesta del Chapiz, se tuerce hacia el Camino del Sacromonte, y a medida que la ciudad va quedando abajo, entre chumberas y muros encalados, algo cambia en el aire.
No es solo la vista de la Alhambra recortándose sobre la colina de enfrente. Es la sensación de estar entrando en un barrio que lleva quinientos años contando la misma historia, cada noche, de una manera distinta.
En ese camino, en el número 57, sigue en pie la Cueva de los Amaya. No es un tablao cualquiera ni un decorado para turistas. Es, la primera zambra flamenca del Sacromonte granadino, y detrás de su nombre hay más de un siglo de linaje gitano, guitarras heredadas y noches sin micrófono en las que el cante todavía suena tal y como sonaba cuando nadie grababa nada.
Para entender lo que significa esta cueva concreta, hace falta primero entender el barrio que la sostiene. Porque el Sacromonte no nació como escenario. Nació como refugio.
Un barrio que empezó siendo un desahucio
Todo arranca en 1492. La rendición de Granada pone fin a casi ochocientos años de presencia musulmana en la península y, con ella, llegan los decretos de expulsión que obligan a la población judía y, más tarde, morisca a abandonar sus casas. La ladera del monte de Valparaíso (lo que hoy conocemos como Sacromonte) queda entonces prácticamente vacía, un terreno áspero, lleno de cuevas naturales que ya se venían usando desde tiempos remotos.

Fue en ese hueco donde se instaló la comunidad gitana. Los primeros gitanos habían llegado a la península procedentes del norte de la India, tras un largo periplo por Europa y el norte de África, y para el siglo XVI ya formaban parte del paisaje humano de Granada. Algunos habían acompañado a las tropas castellanas como herreros y artesanos durante la conquista; otros llegaron después, atraídos por una ciudad en plena reconstrucción.
Sin recursos para levantar casas de piedra y ladrillo, hicieron lo que tenía sentido: excavaron en la roca. Ampliaron cuevas ya existentes, las encalaron por dentro para ganar algo de luz y frescor, y construyeron placetas comunes donde se compartían lavaderos y aseos. Así nació la casa-cueva del Sacromonte, un modelo de vivienda que mezclaba la lógica morisca del aprovechamiento del terreno con la vida itinerante y comunitaria de los gitanos.
No fue un barrio querido. Durante siglos, el Sacromonte cargó con la etiqueta de zona marginal, el lugar donde se apiñaban los que no tenían sitio en ningún otro rincón de la ciudad. La vida allí era dura, sin apenas servicios, sujeta a la intemperie y a la sospecha de quienes miraban el barrio desde abajo, desde el Albaicín o desde la Granada cristiana que se había quedado con las mejores casas del centro.
Y sin embargo, en ese margen, ocurrió algo que ninguna planificación urbana hubiera podido diseñar: el nacimiento de una de las formas de arte más intensas que ha dado España.
De la zambra morisca al cante gitano
La palabra «zambra» viene del árabe zamra, que puede traducirse como música o fiesta con baile. Los moriscos la usaban para nombrar sus celebraciones nupciales, cargadas de melodía, ornamento vocal y una teatralidad que se transmitía de generación en generación.
Cuando esa tradición se cruzó, siglos más tarde, con el cante y el baile que los gitanos habían ido moldeando en su propio peregrinaje, surgió algo nuevo: una fusión que ya no era del todo morisca ni del todo gitana, sino las dos cosas a la vez, filtradas por generaciones de convivencia forzada en el mismo terreno rocoso.

Ese cruce es, en buena medida, la semilla del flamenco tal y como hoy lo entendemos. Y el Sacromonte, con su aislamiento y su pobreza, resultó ser el invernadero perfecto para que esa semilla creciera sin que nadie de fuera interviniera demasiado.
Durante los siglos XVI y XVII el barrio vivió, además, un episodio curioso que le dio nombre. En 1588 empezaron a aparecer en las cuevas del monte unas planchas de plomo con textos en árabe, junto a huesos que se atribuyeron a antiguos mártires cristianos de Granada, entre ellos San Cecilio, el primer obispo de la ciudad.
El hallazgo desató una fiebre religiosa: se organizaron procesiones, se levantó un vía crucis con más de un millar de cruces conmemorativas (hoy apenas sobreviven unas pocas) y se fundó la Abadía del Sacromonte, que todavía hoy corona la colina. De ahí el nombre: monte sagrado.
Los libros plúmbeos, como se les conoce, fueron durante siglos motivo de disputa teológica y acabaron siendo devueltos por el Vaticano en el año 2000, tras permanecer fuera de España más de tres siglos.
Pero mientras la Iglesia discutía la autenticidad de unas reliquias, en las cuevas de más abajo la vida seguía su curso, ajena casi por completo a esas disputas eruditas.
El siglo XIX y el descubrimiento de un tesoro que ya estaba ahí
El Sacromonte tal y como lo conocemos hoy (el barrio-espectáculo, el destino romántico) es en gran medida una invención del siglo XIX. Fue entonces cuando los viajeros románticos europeos, fascinados por una España que imaginaban exótica y salvaje, empezaron a llegar hasta Granada específicamente para ver el barrio gitano.

Lo que encontraban no era un decorado: eran familias enteras que vivían, cantaban y bailaban en condiciones muy precarias, y que empezaron a convertir esa misma precariedad en un oficio. Las zambras, hasta entonces celebraciones privadas ligadas a bodas y ritos familiares, comenzaron a abrirse a un público de fuera.
Es en ese contexto donde aparece la primera gran figura documentada de este relato: Antonio Torcuato Martín, conocido como «El Cujón», un gitano nacido a finales del siglo XIX en Ítrabo, en la provincia de Granada.
De oficio herrero, tenía su fragua en la Plaza del Humilladero, y allí, entre el metal y el fuelle, convirtió parte de su taller en un espacio para organizar bailes gitanos. Reunía a los mejores artistas locales y dio forma a lo que se considera la primera zambra granadina propiamente dicha, sentando sin saberlo las bases de todo lo que vendría después en el Sacromonte. El investigador Eduardo Molina Fajardo destacó tanto su destreza con la guitarra como su forma de cantar el cante jondo, cargada de la angustia y la pasión que él mismo vivía como gitano.
La zambra de El Cujón no sobrevivió: un robo lo dejó arruinado y le obligó a cerrar la fragua que le servía de escenario. Pero el testigo no se perdió. Se trasladó, literalmente, calle arriba, hasta el Camino del Sacromonte, que pasó a convertirse en el corazón de este arte en Granada.
Los Amaya toman el relevo
A principios del siglo XX, el apellido Amaya empieza a escribirse en mayúsculas dentro de esta historia. Juan Amaya, junto a su hermano Pepe, y sobre todo junto a su mujer, Dolores Hidalgo, conocida como «La Capitana», consolidó lo que pasaría a llamarse la Zambra de los Amaya. El matrimonio dio prestigio a esta zambra hasta convertirla en una referencia ineludible de la cultura gitana y flamenca del barrio.
El testigo pasó después a su hijo, Manuel Amaya Hidalgo, nacido en el Sacromonte en 1904 y fallecido en 1977. Manolo, como se le conocía, creció literalmente dentro del flamenco: empezó a tocar la guitarra siendo niño, en la propia zambra familiar, y terminó convirtiéndose en una de las figuras más reconocidas del género en su época.
En 1922 su zambra actuó en el célebre Concurso de Cante Jondo de Granada, un certamen impulsado por Manuel de Falla y Federico García Lorca que resultó decisivo para que el flamenco empezara a mirarse no como un simple entretenimiento de barrio, sino como una expresión cultural de primer orden.
Siete años más tarde, en 1929, la zambra de Manolo Amaya viajó hasta la Exposición Internacional de Barcelona, donde se llevó una copa de plata que certificaba, ante un público bien distinto al del Sacromonte, la calidad de lo que allí se hacía.
A lo largo de su carrera, Manolo compartió cartel y complicidad con nombres mayores del flamenco de su tiempo, como Pepe Marchena, La Niña de los Peines o Vallejo. Llevó su arte a Brasil y Buenos Aires, y en 1952 inauguró con su zambra el Primer Festival de Música y Danza de Granada, celebrado en la Placeta de los Aljibes, dentro de la propia Alhambra. Incluso llegó al cine, apareciendo en películas como María de la O y Forja de almas. Fue padre de Juan, Pepe, Paco y Carmela, todos ellos continuadores del oficio familiar, y primo de otras estirpes flamencas del Sacromonte como las Gazpachas o los Ovejillas.
Cuando Manolo Amaya murió en 1977, dejaba detrás una familia entera criada entre guitarras, y un nombre que ya era sinónimo, dentro y fuera de Granada, de flamenco gitano auténtico.
El siglo XX: turismo, mejora y también fractura
El auge turístico de Granada en las décadas de los sesenta y setenta trajo consigo un renovado interés por el Sacromonte y sus tradiciones. Empezaron a proliferar tablaos, rutas guiadas y, más adelante, museos etnográficos que atraían a visitantes de todo el mundo, deseosos de ver de cerca esa forma de bailar y cantar que llevaba siglos gestándose en las cuevas.
Pero el siglo XX también trajo pérdida. Buena parte de las cuevas originales del barrio quedaron dañadas o directamente destruidas por las riadas de 1963, que obligaron a realojar a muchas familias gitanas en barrios de nueva construcción, lejos de la ladera que habían habitado durante generaciones. El Sacromonte que hoy se visita convive, por tanto, con la memoria de un desplazamiento reciente, no solo con la leyenda romántica del siglo XIX.

Aun así, el barrio no se vació de vida ni de arte. En el año 2002 abrió sus puertas el Museo Cuevas del Sacromonte, un centro de interpretación que conserva once cuevas en su estado original y permite entender, de forma casi física, cómo se vivía allí: la cocina, el dormitorio, los aperos de labranza, la disposición de los espacios excavados en la roca arcillosa.
Es, junto a la Abadía del Sacromonte del siglo XVII, uno de los pocos lugares donde el visitante puede tocar con las manos (literalmente) la historia del barrio sin necesidad de imaginación.
Federico García Lorca, que conocía bien este mundo, dejó constancia de esa vida en su Romancero gitano, retratando el Sacromonte y sus gentes con una mirada que combinaba fascinación y respeto. No hace falta reproducir sus versos para entender el poso que dejaron: bastaba con caminar por el barrio para reconocer las imágenes que el poeta había fijado sobre el papel.
La Cueva de los Amaya, hoy: volver al origen sin amplificación
Sensi Amaya, descendiente directa de aquella estirpe fundada por Juan y Dolores, tomó una decisión que marcaría el rumbo de las siguientes dos décadas: se hizo cargo del histórico tablao «Reina Mora», en el Albaicín, uno de los espacios flamencos más antiguos de la ciudad, y lo transformó en el Tablao Flamenco Albayzín.
No se limitó a conservarlo; lo actualizó sin renunciar a la raíz, y consiguió que ese equilibrio entre tradición e innovación lo convirtiera en referencia tanto para el público local como para el internacional. En 2017 llevó ese mismo proyecto a Málaga, donde inauguró un tablao en un palacio del siglo XIX, concebido como homenaje a Picasso.
Pero la historia todavía tenía una vuelta más. En 2024, (Sensi Amaya junto con su marido Ricardo y sus hijos José y Manuel) decidieron volver al punto de partida: reabrieron la histórica Cueva de los Amaya, en el corazón mismo del Sacromonte, consciente del peso simbólico de ese espacio concreto.
Y lo hicieron con una apuesta que, en plena era de megafonía y espectáculos pensados para grandes grupos, resulta casi radical: nada de escenario elevado, nada de micrófonos. El cante, la guitarra y el taconeo suenan tal cual, sin artificio, dejando que el sonido se propague de forma natural entre las paredes encaladas de la cueva.

Con capacidad limitada a sesenta personas y vistas al Generalife y a la Alhambra, la experiencia que ofrecen no es un espectáculo al uso, sino lo más parecido a una zambra íntima, de las que originalmente se celebraban entre familia y vecinos. No hay distancia entre artistas y público: el zapateado se siente literalmente a un par de metros, y esa cercanía cambia por completo la naturaleza de lo que se vive allí dentro. No es una actuación que se mira desde fuera; es algo que ocurre alrededor de uno mismo.
En el elenco y en la memoria de la casa siguen apareciendo nombres de la propia dinastía: María Amaya Fajardo, «María la Gazpacha», cantaora y bailaora que mantiene viva la tradición con frescura; Manuel Amaya «El Chapa», activo en la escena granadina; o Antonio Amaya, destacado bailaor. Cada uno de ellos es, a su manera, una prolongación directa de aquel matrimonio formado por Juan Amaya y «La Capitana» hace más de un siglo.
Por qué esto importa más allá del turismo
Es fácil quedarse con la versión postal del Sacromonte: cuevas blancas, vistas espectaculares a la Alhambra, flamenco para fotografiar. Y es verdad que el barrio ofrece todo eso. Pero reducirlo a esa imagen sería ignorar lo esencial: que estamos hablando de un lugar construido por gente a la que no le quedó más remedio que cavar su propia casa en la roca, y que convirtió esa necesidad en una de las expresiones artísticas más influyentes de la cultura española.
La Cueva de los Amaya no es interesante solo porque conserve un formato «auténtico» frente a la mercantilización de otros tablaos. Lo es porque encarna, de forma casi literal, la continuidad de un relato que empezó con una expulsión en 1492, pasó por la fragua de un herrero en el siglo XIX, se profesionalizó con Juan y Manolo Amaya a principios del XX, sobrevivió a una riada en 1963, y hoy sigue vivo gracias a una familia que decidió, en pleno 2024, volver a las cuevas de sus antepasados en lugar de quedarse en escenarios más cómodos y más rentables.
Cada noche que suena una guitarra sin amplificar en el Camino del Sacromonte 57, se está repitiendo, con matices propios, algo que llevan haciendo generaciones de esa misma familia desde hace más de cien años. Y eso, en una época en la que casi todo se puede replicar y estandarizar, sigue siendo difícil de fabricar en cualquier otro sitio.